Algunas anécdotas del verano

Adrián subía por la escalera a gran velocidad para volver a tirarse de aquel inmenso tobogán. No tenía miedo, ni prisa, estaba alegre y confiado. Lucía tiraba de la cuerda para cruzar aquel pequeño riachuelo en una barca. Mario jugaba al do-re-mi tocando los tubos, los platillos y las pisadas musicales. El tiempo se había parado, querían verlo todo. Subir y bajar mil veces.
Más tarde, llegamos al taller de manualidades, 15 minutos para hacer una flor con gomaeva. “Los niños no puedan estar solos”, dijo la monitora responsable del taller. “No te pongas pegado a la mesa que se va a caer encima de ti, no digas que no te he avisado.” Siguió hablando en un tono borde y desagradable. “Ahora toca esperar, que has corrido mucho y vamos paso a paso”. Con tono enfadado. “Sólo tengo 6 tijeras, ¿a ver si sabéis repartirlas y saber esperar?” con tono amenazante. “Si hubiera esperado al siguiente turno podrías ir con los demás ahora ya no repito más la cosas” con tono autoritario cabreado. Y para rematar la faena, le dice a un niño que se mostraba impaciente por terminar: “ Niño, tranquilo que este taller es para estar tranquilo y relajado, no vamos a tener stress por esto.”

No son nuestras palabras, son nuestras actitudes las que nos educan.

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