Afilar el hacha

"Hace muchos años, vivía un leñador en un gran bosque junto a su mujer y sus hijos. La vida les fue bien mientras había árboles cercanos y los talaba, vendiendo posteriormente la madera y ganando el dinero necesario para poder comprar alimentos y lo más básico para su familia. Podíamos decir que su vida era feliz…
Pero un día, un gran incendio calcinó todos los árboles a kilómetros a la redonda y nuestro leñador no pudo seguir cortando árboles cerca de su casa, por lo que decidió marcharse a trabajar a una empresa maderera que había en otro bosque cercano.
Al llegar, le preguntó al capataz si podía trabajar, garantizándole que cortaría árboles tan rápido como el más rápido de sus leñadores, pues lo había hecho toda la vida, al igual que su padre, su abuelo, su tatarabuelo… El capataz ante tales afirmaciones decidió darle trabajo y que se pusiera manos a la obra ya mismo. Le dijo que empezara por una zona y que como mínimo debía cortar diez árboles cada día. Dicho y hecho, el leñador agarro su hacha y empezó a cortar árboles, al final del día había cortado veinte árboles. El capataz no cabía en sí de gozo, aquello era increíble nadie cortaba tantos árboles como nuestro leñador…
El segundo día, el leñador cortó quince árboles en lugar de veinte, pese a dedicar el mismo esfuerzo y energía que el día anterior.
El tercer día, sólo cortó diez árboles, dedicándole incluso mucho más esfuerzo y energía que el primer y segundo día.
Al cuarto día, nuestro leñador sólo pudo cortar cinco árboles en toda la jornada… Se acercó a su capataz y con lagrimas en los ojos, le dijo que había hecho lo mismo de siempre incluso cada día se esforzaba el doble, pero cada vez tardaba más en cortar cada árbol, era como si no tuviera fuerzas…, el capataz lo miró fijamente, después miro su hacha y a continuación, le dijo: ¡buen hombre, cuánto hace que no afilas el hacha¡.”

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